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jueves, 7 de julio de 2016

Dignos representantes de una hinchada única

Esta columna es un homenaje. Puede no ser muy lúcida, ni lucida, ni la mejor. Sí, es muy sentida. Sí, es hecha desde el respeto y el agradecimiento.

Es que ser hincha de Cipo es diferente. Ahí está la explicación de por qué todas las canchas de la región se llenan cuando se presenta el Albinegro. Dicen los que peinan canas que aquel partido en Bahía Blanca ante Huracán de Comodoro Rivadavia fue inigualable. Dicen las crónicas de aquella jornada histórica que desde el miércoles se podían ver hinchas de Cipo haciendo dedo para llegar al partido.

A mí me tocó presenciar un partido ante Cruz del Sur de Bariloche donde la gente de la platea no paraba de comentar cómo gritaba la gente de Cipo y hasta le prestaba poca atención al partido.

Una noche charlando con mi hermano se nos ocurrió que debía existir el Día del Hincha de Cipolletti… encontrar la fecha exacta no fue muy difícil. Casi al unísono dijimos “y tiene que ser el 9 de julio”.

En esa misma habitación habíamos escuchado ese partido, sin dudas, el más triste de la rica historia albinegra.

Corría el año 1995, se jugaba el cuadrangular final del Torneo del Interior. En la última fecha Cipo llegaba con seis unidades, una menos que San Martín a quien debía enfrentar en San Juan. Al grupo lo completaban Juventud Antoniana de Salta y Rosamonte de Misiones.

Ese día San Martín se impuso por 3 a 2 y fue campeón.

El Capataz se puso en ventaja a los 35 con gol de Juan “el gallego” Sánchez pero tres minutos más tarde Alejandro “Beto” Ortiz empató para los sanjuaninos. Dos minutos más tarde, a los 40, Cipo golpeó otra vez por intermedio de Osterrieth. Así se fueron al descanso.

En el complemento Mario Artes igualó a los 8 y a los 16 Néstor “Yiyo” Leal le dio la victoria al local.

El Albinegro, para variar, llevó cerca de mil hinchas que no la pasaron bien en ningún momento. No sólo fueron hostigados por los simpatizantes sanjuaninos quienes le arrojaban piedras y hasta naranjas… también por la policía que reprimió sin importarles que hubiera mujeres y niños…

La derrota futbolera dolió y mucho pero lo que vendría después dolería aún mucho más.

En la madrugada del 10 de julio de 1995 empezaron a llegar las peores noticias. Un accidente se llevaría para siempre a Luis Ñato Salinas y Ernesto Tito Hevia.

Créanme que esas horas fueron muy tristes pero con el paso del tiempo es justo recordarlos como símbolos de una hinchada que siempre se brindó por el club de sus amores.

Desde aquella noche dos estrellas comenzaron a brillar muy fuerte. Seguramente, entre nube y nube, se escaparán para espiar a su Cipo querido y, desde luego, deben soñar con que Cipo vuelva a la B Nacional.

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