miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un día con el "mudo"

  •  Por Lalo Brodi, especial para cipopasion.com.

A Alberto Lamuedra lo conocí entre 1980 y 1981. Jugábamos al fútbol en contra. Él integraba un equipo conformado por los trabajadores del ADOS de Neuquén y yo lo hacía en el de Canal 7, lugar en donde por entonces trabajaba.

Fue un “8” interesante, algo lento pero buen jugador. Llegó a la zona recién recibido de kinesiólogo pero con intenciones de, además de ejercer su profesión, jugar al fútbol en algún equipo de las ligas locales. Lo hizo durante un par de temporadas en la neuquina para el buen equipo que había conformado Colonia Confluencia que luego de integrarse con otros clubes conformó el Deportivo Limay.


Llegó al Club Cipolletti por medio de “Cacho” Cadars, quien lo había dirigido en Tigre. Integró el cuerpo médico junto a los doctores Martínez y Pedro Chillo conformando por primera vez un triunvirato de profesionales en la institución.

Y la camiseta se le pegó de inmediato. La sintió suya, se identificó.

Más allá de su trabajo específico, con el correr de los años Alberto se fue comprometiendo cada vez más y hasta fue parte de la dirigencia.

Gestionaba la llegada de fondos, interesaba a posibles auspiciantes, veía jugadores de otros clubes y hasta llegó a presentar ante el Consejo Federal, el fixture del torneo que se jugó entre 2008 y 2009.

En el Consejo Federal vieron con buenos ojos el modelo, lo estudiaron y terminaron aprobándolo para que el certamen se dispute de tal modo.

Cansado de jugar siempre con los mismos, Lamuedra pergeñó un sistema en donde la mitad de la temporada se juegue ante unos equipos y que se cambie la mitad de la zona para la segunda etapa. Esto gustó mucho en buena parte del país pero los cordobeses pusieron el grito en el cielo porque dejaban de jugar en el patio de su casa para tener que recorrer muchos kilómetros. Y por eso no prosperó en el siguiente torneo y se volvió a los bodrios actuales.

Parece mentira que dirigentes de Talleres y otros clubes cordobeses que en la década del 70 fueron defensores a ultranza del “federalismo del fútbol”, terminaran quejándose de lo mismo por lo que ellos pelearon en aquellos grandes tiempos del resurgimiento de lo que en Buenos Aires les gusta llamar “el interior”. En fin, todos hablamos de federalismo pero tratamos de recorrer las menores distancias.

Tuvimos algunas diferencias pero, conocida que fue su enfermedad, limamos los problemas, no de fondo sino pasajeros, que no fueron otra cosa que la de tener una distinta visión sobre un objetivo común como lo sintetizamos luego de una charla.

En realidad eso ocurrió en lo que terminó siendo la última vez que Alberto vio a su querido Cipo.

El Capataz jugaba en Pergamino ante Juventud y Alberto estaba en Buenos Aires. Como ambos teníamos una amistad en común con el “Colo” Roberto Forestier viajamos en su auto a esa ciudad. Roberto debía ir hasta Rosario por su trabajo y le quedaba de paso ver el partido. La cuestión es que una vez que estuvimos allí, Forestier decidió que se volvería con nosotros a la Capital para ir a cenar juntos.

Fue un lindo viaje porque con Alberto hablamos de todo. Era un tipo con quien, insisto, mantuve algunas diferencias, siempre lo hicimos desde el respeto porque él tenía una forma de ser que hacía imposible que cualquier cosa trascendiera más allá de un simple cambio de opiniones.
Como en los casos anteriores, no habrá sueldo que le alcance al club para pagar lo que hizo, más allá de su trabajo estrictamente contractual.

El “mudo” presentía que todo se estaba terminando. Se agitaba, casi no almorzó. En el viaje de regreso a Buenos Aires dijo algo más o menos parecido a que ya se podía ir tranquilo porque pudo ver a Cipo después de mucho tiempo y que había pasado uno de los días más alegres de los últimos tiempos.

El viaje lo compartimos, como señalé, con Fore y con Pablo Arrigoni que hacía los comentarios para LU19. Imagínense todo el fútbol y las personas que pasaron en las más de dos horas de trayecto de un punto a otro.

Al despedirnos me dijo: “Lo pasé muy bien, necesitaba algo de esto, hace mucho que no paso un día entero hablando de fútbol y especialmente de Cipo. Esto me hizo olvidar por un rato mi enfermedad”. Debo reconocer que eso me reconfortó mucho. El haber podido contribuir, al menos por unas horas, a que alguien que estaba complicado lo pase un poco mejor, creo que tanto a Pablo como a Roberto y a mí, nos hizo sentir felices.

Lamuedra fue otro tipo que supo meterse de lleno en los planteles, que conoció la intimidad a muchos jugadores que pasaron por Cipo y que hizo que muchos lo lloraran con real sentimiento el día en que el cáncer le ganó la batalla. ¡Hasta siempre Mudo!


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